Y más Desperta Ferro

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Amir Timur, Timur el Cojo o, tal y como se lo conoce en Occidente, Tamerlán, nació en 1336 en la moderna Uzbekistán y, tras una infancia y juventud violentas, fue ascendiendo progresivamente hasta convertirse en líder de un gran conglomerado de pueblos nómadas de la región, turcos y mongoles en su mayoría y supo aprovecharse de la debilidad política de los estados herederos del gran Imperio de Genghis Khan, ya en franca decadencia, para extender su poder. Su genio militar solo estaba a la altura de su crueldad, y su gobierno, entre los años 1370 y 1405, fue poco menos que un peregrinaje de destrucción que le llevó a controlar un vastísimo territorio, de unos ocho millones de kilómetros cuadrados, pero también a saquear, destruir, exterminar o esclavizar a poblaciones enteras, desde Ankara hasta Delhi. Analizaremos el devenir de este controvertido personaje, considerado padre de la patria para los uzbecos modernos y poco menos que un demonio encarnado para el resto de la humanidad.

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Los acontecimientos de Dunkerque han sido, y siguen siendo en gran medida hoy en día, como una moneda con dos caras, pues hay dos relatos diferentes de los acontecimientos que tuvieron lugar en el norte de Francia en el paso de mayo a junio de 1940: la “batalla” de Dunkerque, preconizada por los historiadores galos –gracias a la heroica defensa de los soldados patrios pudo retirarse el contingente británico, que si se salvó casi intacto fue gracias a la sangre gala derramada en el frente–, y la “retirada” de Dunkerque, Operación Dynamo, tal y como la describen los autores británicos –una fuerza expedicionaria acosada que, ante la incapacidad decisoria de sus aliados franceses, se vio obligada a elegir entre retirarse de vuelta a casa y sobrevivir o ser aniquilada en medio de la derrota–. La realidad es sin duda una mezcla de ambos aspectos, la historia de una descoordinación criminal que provocó un derrumbe de la moral y, finalmente, la derrota. Fueron los británicos, sin duda, los que defendieron los lados de la bolsa para retirarse hacia el norte, pero muchos franceses nunca pudieron beneficiarse de ello, aunque los que lo hicieron devolverían el favor con creces, defendiendo tanto el machacado puerto de Dunkerque como las imprescindibles playas de reembarque, salvando así a muchos combatientes británicos. Los alemanes fueron mucho más que meros convidados de piedra, pues actuaron como motor de la derrota y su contribución en la historia de Dunkerque fue fundamental.

 

 

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